Cuando ser “buena persona” no alcanza para liderar

El liderazgo también exige confrontar, decidir, incomodar y asumir el costo de generar resultados.

Durante los últimos años hemos hablado mucho, y con razón, de empatía, escucha, bienestar y seguridad psicológica. El problema aparece cuando comenzamos a confundir buen liderazgo con hacer sentir bien a las personas todo el tiempo.

En muchas organizaciones encontramos al líder cercano, accesible y protector. El que procura que nadie se incomode, absorbe problemas, evita confrontaciones y cuida a su equipo casi a cualquier costo. Lo que coloquialmente llamaríamos “la mamá de los pollitos”.

Y cuidar a las personas es importante.

Pero cuidar no significa protegerlas de toda incomodidad.

Liderar también implica decirle a alguien que su desempeño no es suficiente. Poner límites. Dar feedback difícil. Exigir resultados. Resolver conflictos. Decir que no. Tomar decisiones impopulares y sostenerlas.

Una conversación difícil puede ser, de hecho, una expresión mucho más genuina de cuidado que evitarla durante meses.

¿A quién estamos protegiendo?

Aquí aparece una pregunta incómoda.

Cuando un líder evita una conversación porque “no quiere hacer sentir mal” a alguien, ¿está protegiendo realmente al colaborador o se está protegiendo a sí mismo de la incomodidad de confrontarlo?

Detrás de un estilo excesivamente protector pueden existir necesidades muy humanas: evitar el conflicto, conservar la aprobación, sentirse querido por el equipo o mantener determinada imagen de uno mismo.

“Me preocupo mucho por mi gente” puede ser completamente cierto.

Pero también puede coexistir con algo menos evidente:

“Me cuesta poner límites.”

“Me cuesta decir algo que sé que el otro no quiere escuchar.”

“Necesito sentir que mi equipo me aprecia.”

Y entonces el cuidado comienza a convertirse en evitación.

La alternativa no es la dureza

Esto no significa regresar al líder frío, autoritario y exclusivamente orientado a resultados.

Esa sería una falsa dicotomía.

El liderazgo maduro requiere ser capaz de sostener simultáneamente:

Empatía y exigencia.Cuidado y accountability.Escucha y decisión.Cercanía y límites.Comprensión y consecuencias.

Un líder puede comprender las circunstancias de una persona y al mismo tiempo hacerla responsable de sus compromisos. Puede cuidar una relación y decir algo incómodo. Puede escuchar y después tomar una decisión que no todos compartirán.

La alternativa a la sobreprotección no es la dureza. Es la madurez.

Liderar tiene un costo

A medida que aumenta la responsabilidad, también aumenta la probabilidad de enfrentar decisiones que no dejarán satisfechos a todos.

Y eso exige aceptar algo fundamental: hacer lo correcto para una persona, un equipo o una organización puede provocar incomodidad, frustración e incluso enojo.

No todo conflicto representa mal liderazgo.

Y no toda armonía representa un equipo saludable.

Por eso, quizá la pregunta no sea solamente:

“¿Estoy cuidando a mi gente?”

Sino:

“¿Mi manera de cuidarla contribuye realmente a su desarrollo, su responsabilidad y su capacidad para generar resultados?”

Porque liderar no consiste en convertirse en “la mamá de los pollitos”.

Consiste en crear las condiciones para que las personas puedan crecer, asumir responsabilidad y enfrentar aquello que necesitan enfrentar.

Incluso cuando resulta incómodo.

Hay conversaciones que un buen líder preferiría no tener. Precisamente por eso tiene que tenerlas.

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